EL PAÍS - Detrás de la máscara metálica
En Sevilla tuvo que ser. Muy cerca del estadio del Betis. Donde el barrio de Heliópolis estiró el
mantel para celebrar la Exposición Universal de 1929 con sus parques, sus avenidas y su retícula
burguesa de palacetes y chalecitos cortijeros, alejados del tórrido entorno de la Giralda. Allí se
trasladó a vivir la ejecutiva madrileña Carmen Ortega Sastre, consciente de que la capital andaluza
merecía una cita con la contemporaneidad. Comenzó así su aventura por el todo -holos, en griego-
desde una confianza ciega en el estudio de arquitectura MGM (José Morales, Sara de Giles y Juan
González Mariscal). Y, aunque el resultado es ya objeto de reportajes en revistas de diseño, la
propietaria no ceja en el empeño de traspasar con su hotelito los límites de la obra inteligible,
el discreto encanto de lo doméstico. Salta a la vista que éste, con siete habitaciones y una
pérgola acristalada de comedor, es un hotel único en Sevilla. Fiel a los postulados de Le
Corbusier, el exterior de la antigua mansión ha sido porticado por una "promenade" de láminas de
aluminio anodizado, muy sugerente para caminar y también para residir al frescor de sus penumbras
rayadas. De hecho, en esta umbría de geometría fractal se sirven unos desayunos a la carta que
concitan los mimos de Ortega y su pequeña brigada. Un parterre de campos rodados blancos refuerza
la atmósfera zen que se respira. Esa inteligente transgresión del orden arquitectónico regionalista
que identifica al barrio se vuelve timorata en la adaptación interior del edificio. No ha habido
arrestos por parte de MGM para inventarse otra manera de disfrutar del hotel. Salvo la caja de la
escalera, toda en rama remachada, el hogar de la recepción y de las habitaciones sigue la ley del
mínimo riesgo: decoración minimalista, muy cuidada; revestimientos de abedul y haya en las paredes
y los suelos, mobiliario de firma, colchones apetecibles y lencería blanca, todo previsto como para
no incordiar. El monitor interfiere, sin embargo, en la serenidad del dormitorio. Entra luz a
raudales, sí, pero a ratos intempestiva, violenta o débil a causa de una inadecuada orientación de
las ventanas. Escaleras arriba espera la agradable terraza con tumbonas asomada a los minaretes
residenciales de Heliópolis. Al anochecer, cuando la luna sevillana transita sobre las palmeras del
parque María Luisa y los chiringuitos de la avenida recobran su bullanga, esta atalaya se vuelve un
edén para el piscolabis y la litúrgica tertulia con la señora Ortega. Fernando Gallardo.
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