DIARIO DE SEVILLA
Existen arquitecturas que perseveran a lo largo de su desarrollo en unos mismos temas; otras, en
cambio, saltan de unos a otros ensayando una amplia casuística de visiones; la primera opción
estaría representada por el caso extremo de Mies, mientras que la segunda se asentaría en el
extenso delta de la arquitectura de Wright. En medio, toda una panoplia de apuestas, más o menos
conscientes, terminan por construir un panorama siempre dificil de reducir a una estilística. En el
caso de la arquitectura contemporánea en Andalucía no salimos tampoco de este paréntesis, aunque
sus extremos sean menos radicales que los anteriores. Podríamos alinear, con una arquitectura de
alta calidad que se reitera, a autores tan conocidos como Cruz y Ortiz o Vázquez Consuegra,
mientras que en la otra margen de este río de las vicisitudes arquitectónicas no dudaríamos de
situar la trayectoria de González Cordón. Esto ha sido así hasta que el impacto de los procesos de
homogeneización cultural que acompañan a la globalización, seguido claro está de la puesta en
escena de la moda, ha torcido el esquema tan claro de la modernidad. Desde este punto de vista
cabría hacer una lectura de ese escaparate mediático, con ínfulas de rigurosa selección científica,
que ha sido la Exposición del MOMA neoyorquino. Pero si no queremos caer en una visión reducida de
lo que acontece, deberíamos seguir con atención las obras que algunos de los arquitectos españoles
suelen proyectar violentando la apariencia y la convencionalidad que buena parte de la crítica hace
de ellas. Tomemos por caso la última obra del estudio MGM.Y es que la actuación de Morales y de
Giles para este hotel del sevillano barrio de Heliópolis es especialmente significativa para cuanto
decimos. Insertar el exigente programa hotelero sobre la rígida estructura de muros de la casa
existente no es tarea fácil cuando, además, se quiere conseguir la máxima espacialidad y un
carácter propio entre los muchos otros hoteles de la ciudad. Por ello, una vez encajadas sus
cuidadas habitaciones, los autores centran su atención en la escalera interior -que actúa como
contrapunto espacial- y, especialmente, en el jardín-pabellón que ocupa la superficie libre de la
parcela: una sorprendente instalación que se va a convertir en la gran invención que se ofrece a la
ciudad y singulariza al edificio. Así, como una superficie continua, la piel tersa de la casa
antigua se hace velo sobre la escalera exterior o piedra caliza estepeña al llegar al suelo, para
luego ser madera y, entre pliegues de perfiles tubulares de aluminio, voltearse hasta envolvernos.
Y es que con esta estrategia de requiebros como se nos invita a releer y vivir este lugar: con la
pérgola que, suspendida y sin apenas tocar el suelo, pone de manifiesto la inutilidad de ajustarse
a la alineación de la calle cuando de construir nuevas relaciones de lo público y privado se trata;
pero también, con el desvelamiento del árbol al abrir la cubrición para que pase o disponiendo, al
fondo, una sale entreabierta de vidrio que nos remite, con sus reflejos, a la relatividad de los
límites. Cuando entramos a formar parte de esta atmósfera singular, sin llegar a saber a ciencia
cierta cuales son sus bordes o donde acaba el suelo para empezar a ser pared, quedamos fascinados
por esta piel sensible que, con sus luces y sombras, va dando cuenta del paso de las horas. No se
trata ya de estar fuera o dentro de la instalación sino de participar de esta invención y del
riesgo de una iniciativa bien calculada por quien la ha promovido y la apuesta de quienes la han
resuelto con tanto interés.
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